El parque estaba casi vacío a esa hora de la tarde. Solo se escuchaban risas infantiles, el sonido de las hojas mecidas por el viento y el leve chirrido de los columpios balanceándose. Bajo la sombra de un frondoso árbol, Amara empujaba suavemente a Dante en el columpio, riendo con él, disfrutando de esos pequeños momentos que hacían que todo valiera la pena.
El niño gritaba emocionado cada vez que se elevaba, su risa cristalina llenando el aire. Su cabello rizado se agitaba con el movimiento y