El sol griego se colaba por las persianas de la habitación donde Amara reposaba con Dante en brazos. Dimitrios, de pie junto a la cama, no podía dejar de mirar a su hijo, una mezcla perfecta de ambos. El ambiente era sereno hasta que el sonido estruendoso del timbre rompió la calma.
—¡Llegamos! —gritó la voz potente de don Ramón desde la entrada.
—¡Ay, Dios mío, pero qué muchacho más lindo! —exclamó doña Carmen, entrando al apartamento con una maleta en una mano y un bolso gigantesco colgando de