Fernando
Estaba sentado en la sala de espera junto con Eva y la madre superiora. Ella nos había traído té y galletas de mantequilla, intentando hacernos sentir cómodos en esa enorme mansión que olía a madera antigua y perfume caro.
Eva no paraba de hablar, gesticulando con emoción sobre las cosas que haría en la ciudad mientras la madre superiora la escuchaba con paciencia.
Yo, en cambio, no lograba concentrarme en nada. Mi pierna se movía sin parar y mis ojos se posaban una y otra vez en la