Fernando
No pude dormir. Ni un solo segundo.
Cada vez que cerraba los ojos, era como si la viera allí, frente a mí, con esa sonrisa suave que siempre juega en sus labios, con esa mirada que no sé descifrar pero que enciende algo en mi pecho.
Pasé la noche sentado en el borde de la cama, con las manos entrelazadas, los codos apoyados en mis rodillas, mirando el piso de madera vieja y gastada de mi habitación de seminarista.
Apreté los puños con tanta fuerza que sentí la piel tensarse sobre mis