Fernando
Nunca pensé que el mar fuera tan azul aquí. Ni que el viento tuviera ese olor a sal mezclado con coco y arena caliente. Pero lo que más me sorprendía no era el paisaje, sino ella, caminando a mi lado, con sus zapatos en la mano y su velo ondeando con el viento. Sofía reía bajito mientras el agua le mojaba los tobillos y salpicaba su falda blanca, pegándosela a las piernas. Tuve que apartar la mirada antes de que mis pensamientos se tornaran demasiado oscuros para un seminarista.
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