Fernando
Salí arrastrándome de debajo de la camioneta, limpiando mis manos llenas de grasa con un trapo viejo. Cuando levanté la vista, la vi allí, parada frente a mí, con su velo ligeramente desacomodado y esos ojos enormes mirándome como si hubiera visto a un héroe de película. No pude evitar sonreír.
—¿Todo bien, hermana? —pregunté, intentando sonar tranquilo, aunque por dentro sentí un pequeño salto en el pecho. Era ridículo, lo sabía, pero estar cerca de Sofía me provocaba una sensación ta