Sean entró al Jaguar con el rostro tenso. Cerró la puerta con fuerza contenida y, en cuanto quedó dentro, golpeó el volante con la palma abierta. No por rabia. Por frustración.
Luego se inclinó hacia el volante, se cubrió el rostro con las manos, y se quedó quieto.
Contando segundos que no resolvían nada.
Tomó el teléfono y marcó.
—¿Sí? —respondió Luca al segundo tono.
—Luca, discutí con la señora Castelli. No quiso regresar conmigo… se fue caminando. —Su tono era bajo, no por vergüe