CAPÍTULO 82. Rastreo a contrarreloj.
Alejandro conduce con la mandíbula apretada y los dedos tensos sobre el volante, como si la fuerza que ejerce pudiera contener el torbellino que lo sacude por dentro. El rugido del motor es el único sonido que lo acompaña, pero ni siquiera eso logra ahogar el eco de la voz del doctor Mancini en su cabeza: “Su madre… se ha escapado.”
La frase se repite, lacerante, como una campana maldita que lo obliga a enfrentar una realidad que creía controlada. Luciana, libre. Luciana en las calles. El solo