-Siete

A la mañana siguiente. Camille caminaba con paso firme. Había tomado la decisión y no iba a permitir que el miedo sea su juez, era su trabajo, su profesión y su vida, Hunter solo era un tramite impuesto, más no era su dueño. Ella no iba a renunciar solo porque su esposo la ha amenazado.

El ruido de la ciudad la envolvía: autos, pasos ajenos, conversaciones que no le pertenecían. Caminaba sin prisa, concentrada en su respiración, intentando ordenar el caos que Hunter había sembrado la noche anterior. La amenaza seguía latiendo en su pecho como una herida abierta.

Entonces lo vio.

Fue un destello primero. Una sensación. Ese presentimiento incómodo que no sabe explicar, pero obliga a detenerse.

Camille redujo el paso.

El restaurante estaba a media cuadra, con amplios ventanales que dejaban ver el interior. Y allí, sentado en una mesa cercana al cristal, estaba Hunter.

El mundo se detuvo.

No estaba solo.

La mujer embarazada se encontraba frente a él, hermosa de una manera serena, real. No como un secreto. No como una sombra. Como alguien que ocupaba su lugar con naturalidad. A su lado, los niños hablaban entre ellos, concentrados en algo que Camille no alcanzó a ver.

Familia.

Camille sintió cómo algo se le apretaba en el pecho, pero no retrocedió. No desvió la mirada. Observó.

Hunter estaba relajado. Distinto. Su postura no era rígida, ni controlada como en la villa. Había en él una cercanía que Camille jamás había conocido. Se inclinaba ligeramente hacia la mujer, escuchándola. Sonrió apenas ante algo que ella dijo.

Luego ocurrió.

Hunter extendió la mano… y la colocó sobre la de ella.

Un gesto simple. Íntimo. Protector.

Camille contuvo el aliento.

No fue el contacto lo que dolió.

Fue la naturalidad.

Ese gesto no estaba pensado. No era posesión. No era amenaza. Era costumbre. Era pertenencia compartida. Algo que se construye con el tiempo. Algo que a ella nunca le dieron.

Los niños rieron. Hunter los miró. Su expresión se suavizó aún más.

Camille comprendió.

No con rabia.

No con lágrimas.

Con una claridad devastadora.

Yo no era su esposa, pensó. Yo era el lugar donde no estaba. Soy la que sobra en esta historia.

Se quedó allí solo unos segundos más. No quería grabar esa escena en su memoria, pero sabía que lo haría de todas formas. No porque quisiera sufrir… sino porque necesitaba recordar por qué no debía volver atrás.

Respiró hondo.

Y entonces decidió avanzar.

Siguió caminando, sin prisa, sin dramatismo. No se ocultó. Tampoco se expuso. Simplemente eligió continuar. A cada paso, la escena quedaba atrás. El restaurante. La mesa. La familia que no era la suya.

Camille no volteó.

Cuando finalmente se perdió entre la gente, Hunter levantó el rostro de pronto.

Fue apenas una sensación. Un roce en la piel. Como si algo conocido hubiese atravesado el aire. Frunció ligeramente el ceño y giró la cabeza hacia el ventanal.

Miró.

No había nadie.

Solo peatones desconocidos. Rostros ajenos. La ciudad en movimiento.

Hunter permaneció observando unos segundos más, incómodo, con esa inquietud que no lograba explicar. Luego volvió la vista a la mesa, a la mujer, a los niños.

La sensación se disipó. Pero no del todo. La percepción de la mirada familiar seguía presente.

Camille se detuvo frente al edificio de cristal y acero del bufete jurídico. No era imponente, pero sí sobrio. Profesional. Un lugar donde las decisiones no se gritaban: se firmaban.

Durante unos segundos dudó.

No porque no supiera lo que quería, sino porque entendía perfectamente lo que significaba cruzar esa puerta. Una vez dentro, no habría marcha atrás. El divorcio dejaría de ser una palabra prohibida para convertirse en un documento real. Legal. Irreversible. Estaría desafiando a Hunter de los Santos.

Respiró hondo.

Y entró.

El silencio del lugar la envolvió de inmediato. El mármol claro, el sonido suave de los pasos, el aroma neutro. Todo parecía diseñado para contener emociones ajenas. Camille se presentó en recepción con voz firme, sin titubeos, y fue conducida a una oficina amplia, iluminada por un ventanal.

El abogado era un hombre de unos cincuenta años, rostro serio, mirada entrenada para detectar mentiras… y verdades incómodas.

—Señora De Los Santos —dijo tras revisar brevemente su identificación—. ¿En qué puedo ayudarla?

Camille se sentó frente a él. Enderezó la espalda. Cruzó las manos sobre su regazo para evitar que temblaran.

—Quiero iniciar un proceso de divorcio.

El abogado alzó la vista con atención inmediata. No sorpresa. Interés.

—¿Está segura?

—Sí.

Una sola sílaba. Clara. Definitiva.

El hombre asintió lentamente y tomó una carpeta.

—Necesito hacerle algunas preguntas de rutina. —La observó con detenimiento— ¿El motivo de la solicitud?

Camille no desvió la mirada.

—Traición.

La palabra cayó con peso. Sin adornos. Sin explicaciones innecesarias.

El abogado se permitió una breve pausa.

—¿Infidelidad comprobable?

—Una doble vida —respondió ella—. Otra mujer. Hijos. Años de engaño.

No había rencor en su voz. Tampoco dramatismo. Era una constatación. Un hecho.

El abogado respiró hondo.

—Entiendo. En estos casos, suele corresponderle una compensación económica significativa, además de...

—No quiero nada —interrumpió Camille con calma.

El hombre se detuvo.

—¿Nada?

—Ni propiedades. Ni dinero. Ni empresas. Nada que lleve su apellido —aclaró—. Solo quiero que firme el divorcio.

La miró con atención renovada, como si recién entonces comprendiera el calibre de la mujer que tenía delante.

—¿Es consciente de que su esposo es… Hunter De Los Santos?

—Perfectamente —respondió Camille—. Justamente por eso no quiero nada de él.

El abogado cerró la carpeta despacio.

—Será un proceso complejo. Él puede negarse. Dilatarlo. Convertirlo en algo… desagradable.

Camille sostuvo su mirada.

—Ya lo es.

Hubo un silencio largo. Luego, el abogado asintió.

—Muy bien. Redactaremos la demanda hoy mismo.

Cuando el documento estuvo listo, Camille lo leyó una sola vez. No buscaba errores. Buscaba certeza.

La encontró.

Tomó la pluma.

Firmó.

No dudó.

No lloró.

No pensó dos veces.

Cuando terminó, devolvió el documento con manos firmes.

—Entréguelo.

El abogado la observó un segundo más antes de levantarse.

—Lo haré llegar a su esposo hoy mismo.

Camille se puso de pie.

—Gracias.

Salió del bufete sin mirar atrás.

Esa misma tarde, en la torre corporativa de su Empresa, el ambiente era tenso.

Hunter se encontraba en la sala de juntas, revisando informes, cuando su abogado personal pidió hablar con él en privado. La solicitud fue suficiente para que todos los presentes abandonaran la sala.

Cuando quedaron solos, el abogado cerró la puerta con cuidado.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hunter sin levantar la vista.

El hombre avanzó unos pasos y colocó una carpeta sobre la mesa.

—He recibido esto esta tarde.

Hunter alzó finalmente los ojos. Reconoció el formato de inmediato.

—¿Qué es?

—Una demanda de divorcio. Señor.

El silencio fue absoluto.

Hunter no reaccionó de inmediato. Su mirada bajó lentamente hasta el documento. Leyó el encabezado. Luego el nombre.

Camille De Los Santos.

Algo se tensó en su mandíbula.

—¿Desde cuándo? —preguntó con voz baja.

—Fue presentada hoy. Ya está firmada por ella.

Hunter pasó la página. Sus ojos se detuvieron en la cláusula principal.

Renuncia total a bienes y compensación.

Su respiración se volvió imperceptible.

—¿Esto es una broma? —murmuró.

—No lo parece —respondió el abogado—. Ha solicitado un divorcio directo por causal de traición. No pide nada a cambio.

El aire cambió.

Hunter apoyó ambas manos sobre la mesa. Lentamente. Como si el peso de su cuerpo hubiese aumentado de pronto.

—¿Nada? —repitió.

—Nada Señor, ya lo está viendo usted mismo.

Entonces ocurrió.

Hunter se puso de pie de golpe.

La silla cayó hacia atrás con un estruendo seco.

—¿Quién la asesoró? —preguntó, con una calma peligrosa.

—Un bufete independiente. No vinculado a ninguna de nuestras empresas.

Hunter cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no había sorpresa en ellos.

Solo ira.

—Ella no puede hacer esto —dijo—. No sin mi permiso.

El abogado guardó silencio.

—Deténgalo —ordenó Hunter—. Lo que sea necesario. Retrase el proceso. Presione. Haga que se arrepienta.

—Señor… —dudó el hombre—. Legalmente, si ella insiste—

—¡No me importa lo legal! —rugió Hunter, golpeando la mesa—. Camille es mi esposa.

El abogado asintió, aunque algo en su expresión se tensó.

—Entendido.

Cuando quedó solo, Hunter caminó hasta el ventanal. Observó la ciudad desde lo alto. Todo estaba donde debía estar. Todo… excepto ella.

Sus dedos se cerraron en puño.

Camille había pedido el divorcio.

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