Amadeus se mantuvo firme frente a la segunda heredera de los Gray, sus ojos dorados oscurecidos por la frustración contenida. Su respiración era pesada, y su aura de poder, innegable. Pero la figura que se interponía entre él y sus impulsos no era cualquiera.
Rebeca por su parte. Vestía un abrigo ceñido de cuero negro que resaltaba su elegancia predadora. Su mirada era profunda, seductora y decididamente peligrosa.
—¿La verdad? —repitió él, con la mandíbula tensa. —¿De qué estás hablando, Rebec