—Es la mejor decisión que has tomado en años, querido —repitió Rebeca con esa sonrisa envenenada, deslizándose por la cama como una serpiente satisfecha de haber devorado a su presa.
Amadeus la observó en silencio, su pecho aun subiendo y bajando por la intensidad del encuentro. La niebla del deseo comenzaba a disiparse, y una punzada de realidad se le coló entre las costillas. Pero ya era tarde. Rebeca lo tenía, y lo sabía.
Ella se incorporó lentamente, estirándose como una pantera y caminó ha