No sé cuánto tiempo hemos estado bailando, pero la música ha cambiado al menos dos veces y mis pies empiezan a doler. Sería vergonzoso admitirlo, pero es la verdad: me perdí en la calidez de sus brazos, en la intensidad de su mirada, y el tiempo dejó de existir por un rato.
Cuando finalmente nos separamos y volvemos a la mesa, descubro que los invitados inoportunos ya se han marchado. Respiro aliviada. Me libré —por ahora— de las preguntas incómodas, aunque sé que no podré esquivarlas para sie