Ray es otro. No sé cómo explicarlo, pero hay algo en su mirada que me eriza la piel. Su rostro está marcado por heridas recientes, algunas apenas cicatrizando, otras aún moradas. Pero lo que más me inquieta no son los golpes, sino el fuego dorado en sus ojos, un odio puro, afilado, que nunca antes había visto en él.
—Hola, Anel —su voz es un gruñido tenso, y cuando se gira para mirarme de frente, siento un escalofrío recorrer mi espalda.
—Ray... ¿qué haces aquí? —pregunto con cautela, sin mover