Cuando llegamos a casa, ambos subimos las escaleras en silencio, cada uno dirigiéndose a su habitación. Sentía el cuerpo pesado, como si cada paso me costara el doble. No sabía si era el cansancio físico o el agotamiento mental lo que me estaba pasando factura, pero apenas alcancé el último escalón, un mareo me golpeó de lleno.
Mis piernas flaquearon y me aferré a la baranda, llevando una mano a mi frente.
—¿Estás bien? —preguntó Damon, su voz cargada de sospecha más que de preocupación.
—Sí —r