Damon sigue mirándome con esa intensidad que tambalea mi voluntad. Pero no voy a ceder. No esta vez.
—¿Qué esperas para alejarte? —pregunto al fin, incómoda por su cercanía y por el revoltijo de emociones que provoca en mí.
—¿De verdad quieres que me aleje? —su sonrisa se curva de forma pícara, como si conociera la respuesta antes de que yo misma la sepa.
—¿Qué más podría querer? —respondo con firmeza, negándome a caer en sus juegos.
—No lo sé, pero estás sonrojada.
Su voz baja, casi cómplice,