—Quiero volver —gemí con dolor, mientras tapaba mi rostro con ambas manos. Una nueva oleada de lágrimas, ahora más silenciosas y dolorosas, llegaba sin piedad.
Me sentía sola, más sola que nunca.
Siempre lo estuve.
.....
No sé cuánto tiempo estuve ahí sentada, envuelta en la soledad helada del gimnasio. Podrían haber sido horas. Sentía mis piernas entumecidas, hormigueantes, pero aun así no quería levantarme. No quería salir y ver a ninguno de la familia, porque seguramente ya todos lo sabían, todos conocían la verdad del hijo y de la mentira, todos menos yo. Todos fueron cómplices del engaño de Aleksey.
Una voz suave, cálida, que sonó a melodía olvidada en ese espacio de acero, rompió el silencio.
—Eccoti, mia piccola (Aquí estás, mi pequeña).
Alcé mi mirada rápidamente, topándome con Isabella, la madre de Akin. Me observaba con un calor maternal que no había sentido desde que dejé Italia. Estaba impecable en su vestido de seda, pero sus ojos estaban llenos de una tristeza compartida