Sus brazos, fuertes y cubiertos de sudor salado, me atraparon antes de que mi cabeza golpeara el piso. En su abrazo desesperado y reacio, rompí a llorar tan desconsoladamente. Cada espasmo de mi cuerpo era un recordatorio de cuán idiota e ingenua había sido. Había dado por sentado que, si aún no me decía los resultados, era porque eran negativos. Había creído que no había nada que pudiera interferir entre nosotros. Estaba pasando todo lo contrario.
Mi cuerpo comenzó a sacudirse con violencia tras los espasmos del llanto. Sentí cómo Akin, con el pánico escrito en el rostro, me alejaba y empezaba a sacudirme con una brusquedad que intentaba ser calmante.
—Tienes que parar y respirar, Vittoria, o te vas a joder. ¡Cállate ya! —gritó, su voz apenas una orden tensa sobre el sonido del llanto.
Pero no funcionó. Mis lágrimas seguían cayendo en cascada, calientes y sin control, y los hipidos cortaban mi respiración, volviéndose roncos y secos.
Traté de inhalar profundo, forzando el aire a trav