POV VITTORIA ROMANOVA
—Puedes bañarte aquí… conmigo.
El silencio que se instaló fue tan denso que juré poder escucharlo latir. Sentí como si el tiempo hubiera contenido el aliento, como si hasta las paredes esperaran su respuesta. Mi respiración se hizo lenta, irregular, y todo a mi alrededor desapareció, quedando solo ese instante suspendido.
—¿Puedes abrir los ojos? —su voz llegó baja, casi un ruego, y negué con la cabeza, incapaz de sostener su mirada.
—¿Por qué? —preguntó de nuevo, y esta vez su tono se quebró con algo que me erizó la piel: calidez. Una calidez tan distinta a su voz habitual, como si me hablara no el hombre de hielo que conocía, sino ese otro que rara vez se dejaba ver.
—Alek… —susurré, quejándome casi, con un nudo en la garganta.
—¿Qué Alek? ¿Qué?
De pronto, sus manos estaban en mis mejillas, firmes. Y antes de que pudiera articular otra palabra, sus labios atacaron los míos.
El beso no fue suave. Fue hambre, fue necesidad, pero envuelta en una ternura tan feroz