CAPÍTULO 67

—No te escondas de mí —ordenó suavemente, sus ojos clavados en los míos—. Eres mía, toda tú. Quiero verlo todo, sentirlo todo.

Y entonces empezó a prepararme con paciencia infinita, sus dedos explorando, su boca besando cada parte de mi piel. El mundo giraba y yo solo podía aferrarme a él, al sonido grave de su respiración mezclándose con la mía.

Su boca descendió lentamente por mi cuello, besando mi clavícula, el borde de mis senos, y mi cuerpo entero reaccionó con un estremecimiento que me hizo apretar los muslos.

—No, no… —murmuró él con esa voz baja que me dominaba—. No cierres tus piernas, Vittoria. Déjame verte, déjame tocarte.

Sus dedos se deslizaron entre mis muslos, empapados ya de un nerviosismo y deseo que no entendía del todo. Cuando acarició mi intimidad, el contacto me arrancó un jadeo agudo. Al principio fueron caricias suaves, circulares, como si quisiera enseñarme a sentir. Su pulgar encontró ese punto sensible y comenzó a masajearlo con una lentitud torturante, encen
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