—Hoy te mostraré el regalo de bodas que me hizo mi padre —dijo en voz baja, casi contra mi cabello—. Ahí puedo realizar mi deporte favorito.
Me separé un poco para mirarlo, fingiendo un puchero.
—¿Y por qué te regaló algo solo a ti y no a los dos?
Una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios, esa que siempre me desconcertaba.
—Bueno, para ese momento no sabía de tu enfermedad.
Mi sonrisa se desdibujó un instante.
—Oh… ¿es al aire libre? —pregunté con cierta incomodidad. Fue inevitable no hacer una mueca—. No sé si pueda, aunque me gustaría ir.
Me observó en silencio, con esa mirada que siempre parecía leer más de lo que yo decía. Pasaron varios segundos hasta que su mano subió despacio hacia mi rostro. Me sostuvo la barbilla, obligándome a mantener sus ojos.
—Ya tengo todo solucionado —afirm9—. Hablé con el doctor. Te envió una nueva dosis. Tendremos que hacer terapias más intensas y, por supuesto, ser precavidos con la ropa.
Lo miré, sin poder disimular mi sorpresa.
—¿Tú… te encargast