Cuando se fue, volví a ver la puerta por donde Vittoria había salido. Ese paso ligero, esa sonrisa de medio lado, ese guiño maldito que me dejó ardiendo por dentro.
—¿Qué carajo me estás haciendo, Vittoria? —susurré.
Ella no sabe lo fácil que sería quedarme si me lo pidiera. Y lo jodidamente difícil que es hacerlo sin destruirnos en el proceso.
La guerra que más me está costando milagrosamente no incluía armas en ella, solo yo mismo y mi pasado. Y jodidamente la estaba perdiendo.
Me obligué a apartarme del ventanal. No podía quedarme ahí, como un idiota, pensando en ella. No podía darme el lujo de seguir perdiendo el control. Cada segundo que pasaba en su órbita me arrancaba un pedazo de la coraza que me había tomado años construir.
Pero no había pasado ni un minuto cuando escuché pasos en el pasillo. Eran suaves, casi tímidos, pero inconfundibles para mí.
No me giré.
No quería hacerlo.
—Olvidé… —Su voz fue baja, como un susurro que se coló sin permiso en mi pecho, y al escucharla sen