Inés llevaba cuatro días en la casa.
Cuatro días de comentarios cortantes. De silencios incómodos. De sentirme como intrusa en mi propia habitación.
El desayuno era el peor momento del día.
Día uno: Inés bajó en pijama, me vio en la mesa con León, y se sirvió café sin saludar. Se sentó lo más lejos posible de mí.
León intentó conversación.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
—¿Tienes planes hoy?
—No.
—¿Quieres que almorcemos juntos?
—Tal vez.
Yo comía mi avena en silencio, intentando desaparecer.
Día dos fue