Aún no lograba dejar de llorar. No podía creer que Adrián me haya corrido de la casa. Temprano había llegado Paula con sus maletas y algo de ropa mía.
—La señora Adela pudo rescatar esto, es la carta que te dejó mamá y son algunas prendas. De verdad lo siento, Natalia. Todo es mi culpa —dijo Paula, visiblemente afectada.
—No es tu culpa, Paula. Ha sido mía. Siempre he sabido cómo es Adrián, que es un miserable, y no es nuevo que no confíe en mí.
—Es un imbécil. Aún no puedo creer cómo caí