Cuando llegué a casa, la confusión me envolvía. Mamá, tras abrazarme, se llevó a Thomas a dormir. Mientras tanto, yo permanecía en la sala, perdida en mis pensamientos, mientras Emir intentaba hablarme. Poco a poco, los recuerdos volvían: su actitud hostil, sus desprecios y la ocasión en que me chantajeó para que dejara a Adrián.
—Natalia, no lo escuches —insistió Emir, su tono firme, pero con un rastro de preocupación.
—Lo recuerdo —dije, interrumpiéndolo—. Tú querías que Adrián se casara