Elena no podía conciliar el sueño. Desde que Camila la había despertado con la noticia del intento de intrusión, cada sombra parecía una amenaza, cada ruido un presagio. La mansión, que ya le parecía sofocante, ahora se sentía como una trampa de cristal: grande, lujosa, pero frágil frente a enemigos invisibles.
Se levantó de la cama y caminó hacia el balcón. El aire frío de la madrugada la golpeó, despejando un poco su mente. Observó el jardín, oscuro y silencioso, como si nunca hubiera pasado