La tarde caía lenta sobre la ciudad. En el restaurante, el murmullo constante de los clientes, las risas y el sonido de los platos creaban una armonía que a Lucía le encantaba. Era el sonido del éxito, del fruto del esfuerzo compartido. Cada mesa ocupada era una victoria, y cada plato servido, una promesa cumplida.
Desde hacía meses, Sabor & Alma se había convertido en uno de los lugares más visitados del centro. Lucía ya no era solo una cocinera talentosa, sino la directora de un proyecto que