La nueva ciudad olía a café recién hecho y a promesas que aún no habían sido rotas. Lucía y Alexander llegaron con lo poco que tenían: dos maletas, algunos ahorros, y la firme decisión de empezar otra vez. El tren los había dejado en una estación modesta, rodeada de calles tranquilas, tiendas pequeñas y la clase de gente que saludaba sin conocerte.
Lucía respiró profundo. —No parece mucho —dijo con una sonrisa leve—, pero se siente… diferente.
Alexander la miró, cargando las maletas en silencio