Me desperté sudada. Leandro estaba a un lado mío colocando paños húmedos en mi frente, mientras Agnese rebuscaba en sus papeles con preocupación.
—Al fin, al fin estamos todos —dije con alegría mientras me abalanzaba hacia ambos.
—¿Ya nos recuerdas? —preguntó feliz Agnese.
—Claro que sí, Dios, cómo los extrañé. Se hizo eterno este tiempo. ¿Cuánto fue en verdad?
—Unos cinco años —susurró Leandro.
—¿Pero qué ocurrió en este tiempo?
—Demasiadas cosas, a decir verdad. ¿Por dónde podríamos partir? —