Sin siquiera parpadear, Ánsar se pasó toda la mañana mirando fijamente el edificio a través de la ventanilla del coche.
Por la mañana, cuando Lucía se fue a trabajar, la vio entrar a toda prisa. A las diez, ella bajó a comprar café y él le echó otra mirada rápida.
Hasta ese momento, la joven no había salido del establecimiento.
Ánsar se sintió un poco decepcionado, pero estaba reacio a alejarse, golpeándose suavemente la rodilla con los dedos.
—Señor Ramírez, ¿tenemos que seguir esperando?
Rafae