Santiago se recostó perezosamente en el sofá de piel de cordero.
Hacía tiempo que la criada había preparado el Yega hecho a mano que él siempre bebía, y el aroma del café permanecía en la punta de su nariz, haciéndole sentir como si estuviera soñando.
En el sueño estaba en Santo Córdova, se despertó y volvió a la ciudad central.
—¿Cómo va todo, hijo? —le preguntó Lucía con una sonrisa en la cara—. ¿Qué tal la tarta?
Santiago asintió con la cabeza en respuesta: —Yummy.
De hecho, no tomó más que u