Santiago lo fulminó con la mirada, y antes de que pudiera decir nada, Liza, la niñera que los había cuidado desde niños, se acercó a él con una sonrisa: —Señorito, este aceite de cacahuete de esta marca es bastante buena, es barato y la cantidad suficiente, ¡es muy asequible! Usaré este aceite para freír carne crujiente para vosotros dos esta noche....
—¡Liza, no uses esto! —Dijo Santiago.
—¿Qué?
—Quiero decir... —Se frotó la nariz, con los ojos desviados—. ¡Guárdatelo!
Liza no pudo entenderlo,