Todavía era de día cuando descendieron del jet.
Lo primero que sintió Rubí fue el calor. Un calor húmedo y salado, que olía a océano.
Impresionada, se quedó mirando la playa a lo lejos. Tan cristalina y alucinante. Las olas chocaban en la orilla y, a pesar de que no escuchaba el singular sonido, podía imaginárselo.
Un joven se apresuró a ofrecerles una bebida helada en una copa de cristal esmerilado. Lo aceptó por instinto, inclinando la cabeza a modo de “gracias”. Quizás podría parecer un po