Luego de lo que le pareció fueron horas, se detuvo frente a un almacén viejo que tenía la pintura descascarada y las ventanas tapadas con cartón.
Un dolor intenso le atravesó la pelvis con cada paso que daba en esa calle desierta. Se quedó allí de pie, temblando, mientras miraba a todos lados sin saber qué venía a continuación.
—¿Buscando algo, princesa?
La carcajada de Alberto estalló justo detrás de ella, haciéndole dar un salto con el corazón en la boca. Él estaba a menos de un metro, con los brazos cruzados y esa sonrisa cínica que le provocaba borrarsela de un bofetón. Las manos le hormigueaban por hacerlo.
—¿Dónde está mi hija? —exigió con la voz ronca por lo mucho que había estado llorando a lo largo de todo el camino—. ¡Llévame con ella ahora!
El hombre soltó otra risa divertida, antes de tomarla del brazo con un cariño fingido.
—Tranquila, no queremos que te desangres en la acera, ¿verdad?
La arrastró entonces hacia una puerta lateral, mirando a ambos lados para asegurarse d