La desaparición no hizo ruido.
No hubo alarmas, ni cámaras en bucle, ni llamadas desesperadas. Verona simplemente dejó de estar. Una silla vacía en la cocina secundaria. Un vaso a medio usar en el fregadero. El rastro mínimo que deja alguien que no planeaba irse.
Zoe fue la primera en notarlo.
No porque la buscara, sino porque su mente —todavía sensible tras el ataque del virus— había aprendido a detectar ausencias como heridas abiertas. El implante permanecía estable, pero algo en ella seguía funcionando como un sismógrafo: cada alteración del entorno resonaba con demasiada claridad.
—Verona no ha bajado —dijo, sin girarse.
Dante levantó la vista desde el arma que estaba limpiando. El gesto fue automático, casi molesto.
—Es temprano.
Zoe negó con la cabeza.
—Nunca llega tarde al desayuno. Nunca.
Dante dejó el arma a un lado.
La mansión se activó en capas sucesivas, como un organismo que despierta ante una anomalía: guardias movilizados, sensores recalibrándose, protocolos internos ej