La desaparición no hizo ruido.
No hubo alarmas, ni cámaras en bucle, ni llamadas desesperadas. Verona simplemente dejó de estar. Una silla vacía en la cocina secundaria. Un vaso a medio usar en el fregadero. El rastro mínimo que deja alguien que no planeaba irse.
Zoe fue la primera en notarlo.
No porque la buscara, sino porque su mente —todavía sensible tras el ataque del virus— había aprendido a detectar ausencias como heridas abiertas. El implante permanecía estable, pero algo en ella seguía