La verdad no apareció de golpe ni con la claridad de una revelación ordenada. Emergi ó como lo hacen las cosas que han permanecido demasiado tiempo enterradas: fragmentada, manchada, resistiéndose a ser observada de frente, obligando a quien la busca a avanzar con cautela, recogiendo restos inconexos que solo más tarde empezarían a formar un todo inquietante.
Fue Dante quien encontró el primer hilo, no dentro de los sistemas activos —demasiado vigilados, demasiado intervenidos, saturados de miradas ajenas— sino en una bóveda física, una de las antiguas, anteriores incluso a la propia mansión. Era un espacio que Verona había insistido en conservar, justificándolo con una frase que en su momento había sonado casi caprichosa: por si algún día la red mentía. Entonces había parecido una excentricidad. Ahora, con la perspectiva adecuada, sonaba como una advertencia cuidadosamente ignorada.
La bóveda olía a metal viejo y papel, a tiempo acumulado y secretos preservados por inercia, como si c