Guardé la fotografía debajo de la almohada. No porque creyera que me protegería, sino porque no sabía qué otra cosa hacer con ella. Dormí mal. Soñé con pasos. Con ojos invisibles. Con lobos que me miraban desde el borde de la cama, con paciencia depredadora. En el sueño, mi nombre se repetía en susurros, como si alguien lo memorizara para usarlo contra mí.
A la mañana siguiente, Dante regresó.
No dijo hola. No preguntó cómo estaba. Solo entró a la mansión con su paso medido, su traje oscuro y e