La galería no tenía nombre. Solo una puerta de madera negra en un callejón sin ruido, con una pequeña inscripción en latín que traducía algo así como: “Todo lo que se oculta, grita en silencio”.
Perfecto.
Dante fue el primero en bajar del auto. Como siempre, impecable. Como siempre, calculado. Me ofreció la mano. La tomé. Pero esa noche, no era la esposa decorativa.
Era una pieza.
Una que él estaba colocando en el tablero… con precisión quirúrgica. Un movimiento más en un juego que no se juega