ZOE
El aire olía a lavanda artificial y encierro. A ese aroma clínico de lugares que pretenden ser hogares, pero están diseñados para no dejar huellas. Ethan había insistido en que descansará en aquella habitación luminosa del piso superior. Tenía vista al jardín, una cama amplia, sábanas bordadas con nuestras iniciales, y una repisa repleta de frascos perfectamente etiquetados: vitaminas, suplementos, tranquilizantes suaves.
Y su amor, claro. Ese amor dócil y viscoso que se me escurría por las