El campus respiraba de manera diferente esa noche, como si cada paso que dábamos, cada mirada que dirigíamos a los grupos dispersos, estuviera siendo registrada por un observador invisible que analizaba nuestra presencia antes de permitirnos avanzar. No era solo la luz cálida de las farolas ni el viento que agitaba suavemente las hojas de los árboles, sino algo más sutil, una sensación en el aire que nos obligaba a medir el ritmo de nuestra respiración, a contener la urgencia de pensar demasiad