El aire del campus esa tarde era denso, cargado con un peso invisible que parecía pulsar entre los edificios y los árboles, como si cada hoja, cada paso y cada conversación llevaran consigo la vibración de la tensión acumulada. No era un conflicto abierto, ni siquiera un choque evidente, sino una red de fricciones interconectadas que se habían ido tejiendo lentamente a lo largo de las semanas y que ahora comenzaban a manifestarse con fuerza suficiente para que incluso nuestra atención entrenada