El aire estaba cargado de una quietud tensa, como si el campus mismo contuviera la respiración y esperara un desenlace que aún no podía definirse. Las sombras proyectadas por los árboles alargaban los movimientos de los estudiantes, amplificando cada gesto y cada pausa, y el murmullo constante de hojas y viento parecía convertirse en un metrónomo invisible que marcaba el ritmo de las interacciones. Cada paso que dábamos, Zoe y yo, se sentía medido y deliberado, porque sabíamos que la primera ma