No ocurrió con una declaración ni con un gesto coordinado. Nadie convocó a nadie. Nadie explicó nada. Y, sin embargo, empezó a suceder.
La fisura comenzó a aparecer en lugares donde Dante y yo no estábamos.
Al principio fue apenas perceptible. Una pausa distinta en una reunión. Un silencio sostenido donde antes habría habido una respuesta automática. Una negativa formulada sin agresividad, pero sin justificación excesiva. Pequeñas alteraciones en la cadencia habitual del lenguaje institucional.