El aire estaba pesado, cargado de una electricidad que no se veía pero se percibía en cada poro. Lo sentí antes de que ocurriera cualquier señal concreta, antes de que una sombra se moviera o una voz interrumpiera la quietud. No era miedo, no era alarma; era la tensión acumulada de semanas, de meses, de cada pausa estratégica y cada gesto contenido, condensándose en una densidad casi física que parecía presionar la piel y la columna vertebral. Todo alrededor se volvió más palpable: el eco de nu