El poder rara vez se equivoca por ignorancia. Cuando lo hace, casi siempre es por exceso de confianza, por esa arrogancia silenciosa que asume que todo puede medirse, que todo puede controlarse, que cualquier fenómeno nuevo puede reducirse a variables conocidas y protocolos previamente ensayados. Cree que entender la forma de un fenómeno equivale a poseerlo; que trazarlo en un gráfico, definirlo en un manual, dictar instrucciones claras sobre su manejo basta para devolver las cosas a su cauce.