El día comenzó con señales que no podían ignorarse. Cámaras móviles se movían en ángulos inusuales, agentes desconocidos aparecían en lugares estratégicos y el aire mismo parecía cargado de vigilancia. Dante caminaba a mi lado, su paso firme, sus hombros tensos, pero su intensidad contenida convertía cada gesto en seguridad. Yo sentía cómo mi cuerpo se ajustaba automáticamente a esa presencia: cada respiración, cada mirada, cada movimiento eran calculados sin esfuerzo consciente. La fisura que