El día comenzó con un silencio extraño, uno que no pertenecía a la quietud habitual de la ciudad ni a esa calma engañosa que suele filtrarse antes del amanecer. Era un silencio cargado, casi consciente, como si las calles mismas estuvieran conteniendo la respiración, aguardando un acontecimiento inevitable. No había ausencia de sonido, sino una suspensión deliberada, un espacio tenso entre lo que había sido y lo que estaba a punto de irrumpir. Dante y yo caminábamos sin prisa, pero tampoco con