El primer signo no fue la violencia. Fue la amabilidad.
Apareció como suelen hacerlo las cosas verdaderamente peligrosas: con un tono razonable, con una invitación formulada de tal manera que rechazarla parecía, de entrada, una exageración. Una convocatoria abierta, decían. Un espacio de diálogo. Una instancia para aclarar malentendidos. El mensaje circuló rápido, demasiado rápido, y lo hizo con una eficiencia que reconocí de inmediato, esa cadencia precisa que no deja lugar a interpretaciones