El cuerpo no olvida, incluso cuando la mente insiste en seguir adelante. Lo supe la primera mañana en que intenté levantarme sin pensar en ello y las piernas no respondieron con la obediencia que yo daba por sentada. No fue un colapso ni una caída dramática. Fue algo más humillante y más honesto: un retraso mínimo entre la intención y el movimiento, como si el cuerpo necesitara comprobar que la orden no provenía de un sistema que ya no existía. Me quedé quieta unos segundos, respirando, aceptan