El día después del silencio no llegó con estruendo.
No hubo alarmas tardías, ni mensajes cifrados emergiendo de sistemas que se resistían a morir. Tampoco sueños proféticos ni recuerdos intrusivos reclamando atención. Llegó como llegan las cosas que no saben que son importantes: sin aviso, sin épica, sin intención de ser recordadas.
Desperté antes de lo habitual. No porque algo me sacara del sueño, sino porque el cuerpo, ahora libre de programación, había decidido que ya había descansado sufici