Entramos en la sala como si cruzar ese umbral implicara volver a algo que no existía. Dante se sentó primero, dejando que el peso de su cuerpo sobre la silla llenara el espacio de una calma que me parecía prestada. Verona ya estaba allí, mirando algo que no podía ver, y yo me quedé de pie junto a la ventana, observando la ciudad que empezaba a iluminarse con luces tímidas, como si el mundo entero despertara a medias después de una larga noche.
—¿Y ahora qué? —dijo Dante finalmente, con voz grav